dissabte, 3 de gener de 2009

BRASSAÏ, UN DELS GRANS, L'ULL DE PARÍS
















El ojo de París
ANTONIO MUÑOZ MOLINA 03/01/2009

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La noche tiene una intensidad de tinta china en las fotos de Brassaï. La luz del día le despertaba tan poco interés como la naturaleza. Sus árboles son los de las calles de París; el único bosque en el que le interesaba internarse era el Bois de Boulogne, tan habitado de noche por sombras humanas. Su mundo es el de esa edad de oro de las ciudades que empieza con la llegada de la luz eléctrica y el transporte público y acaba no muchas décadas después con la capitulación incondicional ante la tiranía de los coches. La juventud de Brassaï fue un itinerario por las capitales de Europa, guiado por la atracción de sus luces nocturnas: Budapest, Berlín, París. Esa edad de oro -y de charol reluciente de películas y fotografías en blanco y negro- es también la de la tregua entre un apocalipsis y otro, entre las matanzas de la guerra del 14 y las mucho más perfeccionadas de la que terminó en 1945 con ochenta millones de muertos y un continente entero en ruinas. Las noches de una nostalgia art déco con letreros luminosos y música de jazz y de tango son también las de nubes de parados acampando en los parques y desfiles nazis a la luz de las antorchas; las de las cacerías de judíos en Bucarest y las rondas de las furgonetas negras de la NKVD en Moscú; las de los bombardeos sobre Madrid y Barcelona y las del toque de queda en el París de la Ocupación, cuando Brassaï tuvo que limitar seriamente sus peregrinaciones nocturnas por miedo a las patrullas alemanas.
En su atracción hacia la noche y sus habitantes habría un deseo de reconocerse en quienes escapan a las normas de la luz del día
"Lo que más ambiciono es hacer algo nuevo y penetrante con lo banal, mostrar una faceta de la vida diaria como si se viera por primera vez"
Es curiosa la frecuencia con que los rasgos más icónicos de un país o de una cultura se deben a la mirada de un extranjero. Desterrados alemanes y austriacos trabajando para productores judíos de origen centroeuropeo crearon en gran medida el cine clásico de Hollywood; la España racialmente apasionada y taurina de la Carmen nació en una novela y luego en una ópera escritas por dos franceses; el bandoneón porteño es una importación alemana; el París nocturno y canalla de cafés, prostíbulos, faroles en la niebla y pavimentos brillantes de lluvia es una invención de la cámara de Brassaï, que en su mismo nombre elegido ya declaraba su condición de advenedizo, uno más en ese linaje asombroso de húngaros apátridas del siglo XX a los que se debe desde el bolígrafo hasta la bomba atómica.
El filtro del tiempo, el atractivo estético de la fotografía, tienden a embellecer lo que sería en la realidad una experiencia de desarraigo, inestabilidad y amenaza: no debió de ser fácil buscarse la vida llamándose Gyula Halász en el París xenófobo al que iban llegando en oleadas los fugitivos y los expulsados, los que se quedaban sin país en virtud de los cambios de fronteras y de la construcción de nuevas patrias originadas por el colapso del imperio austrohúngaro (cuanta más gente indeseable o dudosa se expulsa más eficazmente se construye una patria). Gyula Halász eligió el nombre Brassaï en recuerdo de su ciudad natal, que se había llamado Brassö cuando fue húngara y se llamó Brasov al convertirse en rumana, y también, en épocas diversas, Kronstadt y Orasul-Stalin. En su atracción hacia la noche y sus habitantes habría un deseo de reconocerse en quienes escapan a las normas de la luz del día, a los horarios y a las identidades fijas, a los lugares reglamentados por los poderes diurnos. De día estaban claras las fronteras, los límites: la iluminación natural no favorecía la impostura. El día era de los ciudadanos respetables con todos sus papeles en regla que no tenían nada que temer de las redadas de la policía y que miraban con recelo a cualquiera que pareciese extranjero o hablase con acento. De noche todos los gatos son pardos, dice con extraordinaria poesía la lengua española: de noche la tentación del paraíso terrenal podía insinuarse en el letrero luminoso de un club o en la puerta entornada de un prostíbulo o simplemente en los cristales iluminados de un café; de noche los hombres podían convertirse en mujeres, y las mujeres en hombres; el dulce espejismo del amor se ofrecía a cambio de dinero; el fugitivo encontraba asilo en un cuarto de hotel o en el calor de una taberna; la esquina más vulgar a la luz del día era el umbral de un reino a la vez prometedor y temible cuando la hacía resplandecer de noche la cruda luz de una farola.
Recorriendo la noche con el desasosiego de los sospechosos que no tenían ni una habitación de hotel en la que esconderse, Gyula Halász se convirtió en Brassaï y también en el ojo de París, como lo llamó su amigo Henry Miller: ojo nictálope de ver en la oscuridad, ojo de búho del objetivo de su cámara, ojo desvelado de insomnio y de atención a la cara oculta de las cosas. "Lo que más ambiciono es hacer algo nuevo y penetrante con lo banal y lo convencional, mostrar una faceta de la vida diaria como si se viera por primera vez". Y con esa mirada alerta e insomne que no se fiaba del engaño de las apariencias diurnas encontró en el fondo de la noche lo que estaba a la vista de todo el mundo y en lo que parece sin embargo que nadie hubiera reparado antes que él: los graffiti callejeros, los garabatos pintados o hendidos con una navaja en las paredes de los suburbios que cobraron de pronto, cuando él los miró, una majestad terrible de máscaras primitivas, una belleza delicada y sintética de dibujos de Picasso o Paul Klee.
Un cierto número de ellos pueden verse ahora en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes. Mirándolos uno por uno se repite el viaje de muchos años de Brassaï por las noches de París y su viaje fantástico a la noche de los tiempos, porque en esos garabatos él supo ver y nos enseñó a ver algo que perteneciendo al presente nos permite intuir y tocar el pasado más antiguo, el origen del instinto humano de la representación visual. Una pared de yeso sucia y rozada es el muro de una cueva en el que alguien inscribe unos ojos humanos dibujando dos círculos con un tizón o haciendo dos agujeros con una herramienta afilada o puntiaguda o sólo con las uñas. Las paredes oyen: las paredes miran y hablan. En la pared hay la cara de alguien o la pared tiene ojos. Un pez o un caballo o un sexo femenino o un ahorcado o una calavera pueden haber sido dibujados en una cueva o en la pared de una fábrica o en un callejón de Pompeya sepultado bajo la ceniza hace casi dos mil años. Lo fugaz se ha hecho eterno, la mano apresurada que garabatea torpemente está repitiendo una forma inmemorial. El hombre que camina de noche por las últimas calles de la ciudad con su cámara al cuello y su pequeño cuaderno de notas en el bolsillo ha encontrado un tesoro, como si iluminara por primera vez con su linterna el muro de una tumba egipcia, la pared de una gruta.
Graffiti. Brassaï. Círculo de Bellas Artes de Madrid. Hasta el 25 de enero. www.circulobellasartes.com/